Dolor crónico.

¿Sufres dolor crónico? ¿Llevas años conviviendo con una molestia? ¿Ya no te acuerdas desde cuándo te duele ni cómo empezó?

El dolor crónico es uno de los mayores retos a los que se enfrentan los profesionales de la salud.

Cuanto más tiempo de evolución tenga un dolor, más tiempo llevará dar con su origen y, por tanto, con un diagnóstico y un tratamiento certeros.

Así que, si tenéis una molestia o dolor que no remite o va a más, no esperéis meses para acudir al médico o al fisioterapeuta. Cada día, cuenta.

Cuando sentimos un dolor agudo, la causa de este puede ser fácil de identificar: una caída, un sobreesfuerzo, un mal movimiento, una mala postura mantenida… A menudo ese dolor desaparece a los pocos días.

Pero en muchas otras ocasiones esto no sucede así, bien por la intensidad o la duración del dolor, o porque la causa de este se repite o sigue presente: seguimos cargando mucho peso, adoptamos malas posturas, no hacemos pausas en el trabajo, etc. Ante estas situaciones, nuestro cerebro se vuelve más susceptible a estas señales nocivas, nuestro umbral de dolor baja y terminamos sintiéndolo constantemente: sentad@s en el trabajo, haciendo movimientos y gestos que antes no nos dolían, incluso durmiendo.

En otras ocasiones puede que el origen del dolor sea más complejo y no sepamos de dónde viene: una enfermedad visceral, neurológica, infecciosa… En estos casos, si el dolor no remite o va a más es muy importante que vayamos al médico cuanto antes.

En cualquier caso, un dolor que empezó en una parte del cuerpo, puede evolucionar y expandirse a otras zonas, complicando el problema.

Esta expansión del dolor sucede, entre otros motivos, por los siguientes:

  1. Cuando nos duele, por ejemplo, un brazo, lo movemos menos para protegernos. Al moverlo menos, se debilita y su trabajo lo tienen que hacer otros músculos. Y esos músculos, al darles trabajo extra, se sobrecargan y empiezan a doler.
  2. Cuando nos torcemos un tobillo, por ejemplo, empezamos a cojear para protegernos. Al modificar nuestra manera de caminar, los músculos y articulaciones tienen que adoptar una posición de trabajo a la que no están acostumbrados y empiezan a doler la cadera, la rodilla, el pie, etc.
  3. Un estímulo doloroso mantenido en el tiempo termina confundiendo al cerebro, que ya no sabe de dónde le llega la señal, y empezamos a notar dolor en otras partes de cuerpo sanas. Un dolor inicial de cuello pasa al hombro, al codo, la mano… Un dolor lumbar pasa al glúteo, al muslo, la rodilla, el pie… El problema se complica.

Por todo ello, cuando llegamos al fisioterapeuta con un dolor de larga evolución, no podemos pretender que lo solucione en un momento. Debemos tener paciencia. Se necesita tiempo para establecer un diagnóstico certero, que será más complejo cuanto más tiempo hayamos dejado pasar. La información que aportemos como pacientes es vital para intentar dar con el origen del problema. Cuanto más tiempo pasa, más difícil es recordar dónde, cuándo y cómo empezó el dolor.

Además, a mayor tiempo de evolución del dolor, más probable es que haya bastantes partes del cuerpo afectadas que tengan que ser tratadas. Todas y cada una requieren su diagnóstico, sus técnicas de tratamiento adecuadas y sus diferentes sesiones.

El dolor crónico requiere más esfuerzo por parte del fisio y del paciente. Cuanto más nos impliquemos en el tratamiento, más mejorará nuestro dolor y nuestra calidad de vida.

Así que, cuanto antes vayas al fisio, más fácil y rápida será la solución a tu problema. Y si tu problema es crónico, llama hoy mejor que mañana.

¡Hasta pronto!

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